27-28

Ayer en la tarde, esperando el bus, me acompañaba en el paradero un par de albañiles que había acabado de salir de la obra. Ellos hablaban como cualquier par de colegas, supongo que de las cuitas de la obra, y yo iba desconectado del mundo en cierto sentido, gracias a los audífonos. Era un par de abañiles comunes y corrientes, mal afeitados, malolientes, de manos callosas, cachuchas rotas y camisas a medio abrir.

Ya en el bus, ellos se sentaron en un puesto frente al mío y se pusieron a leer con dificultad un libro en inglés. Era un libro técnico, con instrucciones para no sé qué cosa, que especificaba el modo en que se debía voltear una tuerca, usar una herramienta o algo por el estilo. Los dos tenían frente suyo el libro y alternativamente alguno ponía el dedo en algún renglón y comenzaba a recorrer las palabras lentamente mientras, según alcanzaba yo a ver pero no a escuchar, leía y le explicaba al otro qué significaba, supongo, una palabra, una frase o le hacía preguntas sobre eso mismo.

“Dos albañiles leyendo en inglés, tan bacano”, pensaba yo mientras sonaba cualquier temita de Metallica o de J Balvin. En algún punto del paseo, cambió el asunto entre el par de albañiles de un modo que todavía me está sorprendiendo. Yo presté mucha atención, porque me gustan las novelas de los buses. El albañil de la izquierda miró fijamente a los ojos al albañil de la derecha, le puso la mano en la nuca, se le acercó rápidamente y lo comenzó a besar. Estaban bien metidos en el asunto del beso, por lo que podía observar, y se comenzaron a reacomodar en el puesto, a cambiar las posiciones relativas de sus piernas, de sus torsos, a jugar con las lenguas, a tocarse la espalda, todo lo que usualmente se hace para hacerle justicia a un beso apasionado.

Con el fin del beso empezaron de nuevo la actitud de circunspectos, de perplejos leyendo el manual en inglés que habían abandonado hacía un momento. Hasta que llegué a destino, estuvieron alternando entre besos y lecturas detenidas de párrafos. Ahí quedaron los albañiles, entre la pasión y la hermenéutica, quién sabe hasta qué paradero.

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