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Antes sentía un odio visceral por el pueblo en el que nací. Era un odio sin justificación al principio que después se fue haciendo concreto en una serie de rechazos puntuales a los tontos y las tonterías con que me tenía que enfrentar todos los días. Habiendo estado por muchos años fuera del pueblo, entiendo que esos rechazos se pueden dirigir a poblaciones más amplias, más difíciles de caracterizar, que no necesariamente viven en mi pueblo y que en gran medida pueden condensarse en palabras que terminan en “-ismo”. Por ejemplo, se puede rechazar el clasismo, el godismo o el quietismo, así sin más, sin nombres de personas y a punta de argumentos, réplicas, contrarréplicas y todo lo demás de ese juego. Eso es una bobada. Vivir la vida a punta de nada-más-que-ismos no deja conversar. No tengo mejor argumento contra ese juego del rechazo a lo abstracto. Así, logré deshipostasiar (como diría Paola) mis odios y volverlos autocríticas y volví personas a las personas y me puedo sentar tranquilo a tomar gaseosa con empanada con ellas cuando es el caso. Ser benevolente en ese sentido de la benevolencia ya no lo veo como sinónimo de la hipocresía. Eso sí, me sigue dando mucha pereza hablar con la mayoría de las personas. Quién sabe si algún día se me quite.

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