¿Qué tiene que ver el amor con la educación sexual? Quizá todo que ver

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Carrie Ichikawa Jenkins. Fotografía: Jonathan Jenkins Ichikawa

La invitada de este, su blog, es hoy Carrie Ichikawa Jenkins, quien es Canada Research Chair en filosofía en la Universidad de British Columbia y está próxima a publicar un libro sobre la naturaleza del amor romántico. Mantiene acá un blog sobre su proyecto de investigación en metafísica del amor.

El texto fue ganador del Concurso 2016 de columnas de opinión de filosofía pública organizado por la American Philosophical Association (APA), auspiciado por su Comité de Filosofía Pública.  La versión castellana de este artículo se publica con la autorización de la autora. [El artículo en inglés es este]

Los colegios públicos de Ontario introducirán un nuevo currículo de educación sexual a partir de septiembre, el cual incluye temas tales como el sexting y el consentimiento, en lugar de incluir solo cuestiones de la simple mecánica del sexo. Como era de esperarse, algunos padres de familia están estrepitosamente enfadados.

Pero entre las voces de lo que se ha llamado “coalición de los puros” algunas son más interesantes que otras. Recientemente The Globe and Mail reportó que Michal Szczech, padre de dos hijos, no está preocupado por lo que incluye el currículo, sino por lo que le falta. Szczech reclama que las clases no instruyan no solo en sexo, sino en amor.

Ahora bien, no es mala idea. Es solo que existe una gran dificultad: ¿Uno ahí que enseña?

Con el sexo uno puede por lo menos explicar su mecánica, incluso si las cosas se ponen controvertidas a partir de ahí. Pero cuando se trata del amor, no tenemos ni siquiera un entendimiento básico de su mecánica. Es más: ni siquiera sabemos si tiene mecánica. Los vacíos en nuestra comprensión del amor son abrumadores.

Incluso para la pregunta fundamental —“¿Qué es el amor”— no tenemos nada parecido a un consenso. ¿El amor es una construcción social o algo biológico o algo enteramente distinto —quizá algo espiritual o sobrenatural? ¿La gente está genéticamente programada para enamorarse cuando se enamora o es simplemente el resultado del condicionamiento o de la intervención divina o qué pasa? “Los expertos” pueden defender cada una de estas respuestas (y un abanico de otras, además).

Resumiendo, la pregunta “¿Qué es el amor?” es una de las grandes preguntas filosóficas de todos los tiempos, no algo que de lo que uno se pueda encontrar una respuesta fácil en un examen estandarizado o en una tarea para la casa.

Nuevamente, a veces la mejor educación no es simplemente un asunto de dar a conocer hechos. Algunas veces lo que realmente importa es la invitación a pensar por uno mismo. Con el amor, como con cualquier otro gran tema filosófico, hay mucho que podemos hacer por la próxima generación. Podemos darle buenas habilidades de pensamiento crítico y un sentido de la amplitud y profundidad de las perspectivas y opiniones en oferta. En ese momento podremos enviar gente joven a sus propios viajes de descubrimiento bien equipados y con buena preparación.

Cuando se trata del amor, eso es lo que yo recomendaría agregar al currículo. Todo esto para decir  que debemos enseñar el amor como un tema filosófico. De hecho, al buscar que se incluya el amor en el currículo, Szczech se está remontando a las enseñanzas de Sócrates, las cuales ubicaban en su centro mismo al correcto entendimiento del amor (en todas sus formas). Y tiene, además, un aliado improbable en Bertrand Russell, un renombrado filósofo del siglo XX y lógico matemático, cuya controvertida vida privada y opiniones sociales no le hubieran hecho merecedor del calificativo de “puro”.

En 1929 (contexto: 35 años antes de que Dan Savage hubiera siquiera nacido) el señor Russell publicó un libro llamado Matrimonio y moral en el cual defiende lo que ha sido denominado el “amor libre”, y lo que podríamos ahora llamar los matrimonios “monogáshmicos” [acá se explica qué es eso]. El señor Russell no estaba proponiendo que tuviéramos sexo de forma aleatoria e irreflexiva. De hecho, él consideraba que el sexo sin amor tiene “poco valor”. Él quería que todos tuvieran una educación sexual amplia precisamente porque pensaba que reduciría el sexo clandestino y dañino, y que conduciría a más relaciones amorosas de mejor calidad.

Russell además pensaba que era crucial que las personas fueran capaces de reconocer la diferencia entre el amor y el mero deseo sexual —al menos antes de casarse— para evitar el desastre.

Así que mientras que el señor Russell no recomendaba incluir el amor en ningún currículo, la idea de hacerlo es de hecho el resultado natural de su combinación de perspectivas positivas sobre el sexo pero orientadas al amor, especialmente cuando se considera en conjunto con su insistencia en la apertura y la honestidad con los jóvenes. Cualquiera con opiniones similares podría estar de acuerdo, ya sea que se consideren a sí mismos o no aliados de “los puros”.

Esto, porque poner el amor en los currículos de los colegios es de hecho una gran idea. Y, como muchas ideas grandiosas, se ubica a ambos lados de las divisiones ideológicas.

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