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La vida y yo somos empeñados todo el rato en jugar al gato y al ratón, o a una especie de tingotingo-tango absurdo en el que ella me dice que esto va en serio y yo que no y ella que sí y yo que no hasta que ella da un golpe en la mesa duro duro y me asusta y me pone reflexivo y circunspecto y a darme cuenta de que después de morder la manzana no hay vuelta atrás y me deja sentado aturdido por el estruendo del golpe, por el grito, por la imposición que ella me hace a efectos de que esto no es jugando, de que va en serio, de que hay que tener un proyecto para ella y ser responsable y hacer la fila para pagar el recibo.

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“Para morirse no se necesita sino estar vivo”, dice la frase que pronuncia el populacho cada que un evento crítico, a menudo una muerte, lo saca de su comodidad cotidiana. La advertencia de la fragilidad de la vida y su rutina absurda, eso tan aparentemente profundo, viene en la forma de un truismo risible que nos avergüenza repetir todos los días, que reservamos para la ocasión especial en que todo se quiebra. En parte por esto (en parte por otras consideraciones que dejo a la imaginación del lector) uno vive como si cualquier día no pudiera ser el día de su muerte, como si uno se tuviera que morir en un día especial, no en uno insípido monótono del montón. Y esta es la razón por la que aparentemente no podemos vivir cada día como si fuera el primero, o el último, por la que no es el mundo entero nuestro límite, sino nuestro mundito de miserias y frustraciones, y nuestras razones para entrar al almacén a llenarle el cupo a la tarjeta y para hacer tonterías de toda laya, como desperdiciar el tiempo en Twitter, el tiempo, eso tan preciado, eso que parece ser lo único de lo que estamos hechos y queremos malbaratar, no obstante, a como de lugar. Es humorístico: la misma fuerza que nos arrastra hacia el waterclós de la rutina nos eleva a la motivación nebulosa de aprovechar cada segundo. Qué risa, de verdad. Adonde quiero llegar es a una interpretación inesencialista de las fechas y de las horas: a que la renovación no llega con el año nuevo chino o gregoriano, ni que el sábado es ofensivo para el Señor trabajar, ni que el día del cumpleaños es oficialmente el día del envejecimiento y de la decrepitud. A lo que quería llegar era a establecer el día de hoy como el comienzo arbitrario de mi año. Lo hubiera podido hacer así sin más, pero ya saben, mi generación todavía guarda una nostalgia de fundamentos.

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