Siempre me ha causado curiosidad el uso de la palabra “cultura” como sinónima de “modales”. Aunque aprendí malamente unos modales muy básicos, tengo lo mío en esa materia, no tanto como para ser el alma de las filas de los bancos, pero sí para tener una indumentaria para comportarme selectivamente como se requiera según sea el caso. Y como tiendo a cuidar los ahorros, uso bastante poco los modales y solo con quien me dé la gana, comportamiento que sería inconsecuente si no me mantuviera fiel a mis elecciones iniciales. Hoy en día mis maestros en modales son los gamines que piden unos minutos de escucha  o la respuesta a un saludo en la calle, o los vendedores de buses que hacen lo propio con el acto sencillo y nada costoso de recibir sin compromiso el producto; a cambio de esto, prometen la atribución de cultura a su audiencia, a veces unipersonal, que no siempre resulta siendo “culta”. Luego de fracasar, sueltan el hijueputazo. Tremendos maestros me conseguí. Lo que me queda claro de sus lecciones es que soy más a menudo hijueputa que culto.

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