Virunga

La guerra es una gonorrea. Morir en una guerra no parece ser asunto de decisión, morir en una guerra llega por (¿mala?) suerte. Es arbitrario quién sobreviva. La muerte nos iguala. No solo nos iguala a todos los humanos, sino a todos los seres vivos. La muerte nos pone al nivel de las piedras, del mundo. Decidir por qué morir no tiene importancia, la dignidad no existe, hasta que llega alguien y dice que “uno tiene que justificar su existencia sobre este planeta. Y los gorilas me justifican”.

virunga

Un señor con uno de los gorilas que justifican su existencia.

En algunos pasajes Virunga es menos que unas notas sobre la insignificancia de los gorilas y de las personas. En ocasiones es una denuncia periodística y un clasificado en busca de donaciones. Pero en Virunga hay imágenes inolvidables de un gorila riéndose con cosquillas, de un gorila comiendo mocos, de un elefante descuartizado, de la rigidez mortuoria de los animales y de la voluntad conmovedora de los intentos humanos por narrarse a sí mismos como poseídos de un fundamento que repudia la arbitrariedad; como aspiraciones de protagonismo en un relato que tenga sentido, que no sea solo testimonio de los padecimientos contingentes impuestos por la naturaleza, por la guerra y por las justificaciones arbitrarias de los otros.

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