The Act of Killing

Si en 2010 la Corte Constitucional hubiera aprobado el referendo para la segunda reelección de Álvaro Uribe, es posible que de ahí a 2020 se hubiera desatado una crisis política que hubiera gestado una Reacomodación a favor de las lealtades del partido del poder y en contra de las fuerzas opositoras. En esa Colombia posible, los que una vez pertenecieron a grupos paramilitares ilegales crearon una fuerza legal privada que combatía los crímenes políticos de los que primero se llamaron opositores, luego sediciosos, luego traidores de la patria y luego legítimos objetivos militares. Se descubrió, a fuerza de un tenaz trabajo de inteligencia estatal, que los grupos guerrilleros eran una fuerza muchísimo más grande de lo que una vez se creyó. El genocidio de 2032 fue la cumbre de la Reacomodación, luego de la cual los grandes grupos de seguridad privada que lo ejecutaron contrajeron su negocio al sicariato, la provisión de seguridad a multinacionales, la microextorsión, la tala y caza ilegales, el periodismo investigativo, la creación de una ley retroactiva de crímenes de guerra y la logística electoral. A partir del 33, en la época del Orden Restaurado, los militares no oficiales veteranos afines al régimen vivían por fin una vida tranquila y orgullosa con mucha pesca, televisión y tiempo de calidad en centros comerciales con sus familias. Sus esfuerzos se veían reflejados en una Colombia ordenada y segura que valía cada pesadilla y cada gota de sangre derramada o por derramar.

The Act of Killing de Joshua Oppenheimer documenta los rastros de una reconstrucción del genocidio anticomunista que tuvo lugar en 1965 en una Indonesia con ideales compatibles con nuestra Colombia posible. La reconstrucción consiste en una película llena de efectos especiales mediocres en la que relatan, desde su punto de vista, con “humor”, la realidad del genocidio. No solo impresiona la superficialidad de lo macabro, también lo hacen la normalidad social de los genocidas y la naturalidad con la que asumen una existencia que a nuestra sensibilidad se le aparece manifiestamente brutal, inconsciente e incómoda. Otra cosa es su propio cuento.

El nivel de la afección a la nuestras sensibilidades no es el único que presenta el documental. También está el nivel del estatus del arte sórdido y desagradable, la problemática de la existencia del mal en sí mismo y correlativamente de las víctimas en sí mismas, la neutralidad moral de la memoria, la fusión entre ficción y realidad, y la incapacidad de la comunicación. Esta complejidad y la ausencia de una banda sonora, me permite recomendarles el documental sin vergüenza.

Dos genocidas reflexionando.

Dos genocidas reflexionando.

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