Animales

Gorda, hija de Niña, era una de las perras de la finca de mi tía. Raza: pínscher doberman. Pedigrí: registrado en la ADEA (American Dog Eugenics Associtation). A finales de año pasado Gorda se voló de la reclusión en la que la tenían por estar en calor, la cogió un perro de la calle, la convenció de encargar y la preñó. El 4 de febrero nacieron tres niños: Fito, a quien de cariño le digo Norman, Tati y Violeta. A Tati la adoptó Felipe, un señor de una finca vecina, con Violeta se quedaron en la finca y a Norman lo adoptó Alejandra.

Esta tarde pasamos por una jornada lúdica de una fundación de perros en la que estaban decidiendo quién ganaría el premio a mejor disfraz. Para el evento, Alejandra manufacturó sin ánimo de lucro varias pañoletas de distintos colores. Para estas pañoletas se necesitaron correas de distintos colores, broches, tela de pañoleta para seres humanos (o canes; si lo pensamos bien, las pañoletas son neutrales) e hilo. Las pañoletas no se vendieron muy bien, pero quedan en stock para los interesados. De estas pañoletas tiene varias Norman, o Normancito, el perro de Alejandra, que es la alegría del hogar. El concurso de disfraces tuvo seis finalistas: Batman, El Capitán América I, El Capitán América II, La Enfermera, Monseñor y El Pirata. Siendo sincero, todos merecían ganar.

A una prima el novio le regaló una tortuga, Togu, a quien de cariño y confusión le digo Tuco. A Tuco la alimentan de cuido, peces vivos que ella se toma el trabajo de matar y verduras. Esta semana le ayudamos a Tuco a establecerse en un hogar provisional de acrílico con pasto y piedras robadas de la copropiedad mientras le llegaba una mansión en vidrio que le encargaron, donde enfrentará la aventura de la vida en familia con estoicismo y silencio.

La mirada del animal y lo que está detrás, la mente (o el alma, si eso reconforta más al lector), es lo más misterioso que hay. Uno sabe que el animal tiene algo en mente, algo más que la búsqueda de la comida y el sanitario, pero nunca lo sabrá a ciencia cierta, ni con las máquinas de lectura de la mente que existen en la USA para tal propósito y que El Imperio no se decide a liberar al comercio del pueblo. ¿Qué piensas, Normancito? ¿Qué piensas, Tuco? Hay cosas, entre ellas la incertidumbre, que el pueblo todavía no está en la capacidad de enfrentar. ¿Cómo se comportaría el pueblo cuando sepa que todo lo que cree saber sobre la mente de los animales es falso y que nunca podrá saber qué hay detrás de lo obvio y que las emisiones de esas máquinas lectoras de mentes son por definición imposibles de comprender? Hay riesgos que un Imperio no se puede dar el lujo de tomar. Lo cierto del caso es que nos gusta vivir con la parte aceptable del misterio y el misterio a veces nos cambia la vida y a veces es mejor dejar así. (No pretendo desalentar con esto a los etólogos posmodernos que con tanto trabajo se ganan la vida)

El concurso de disfraces lo ganó Monseñor.

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