Meridiano de sangre

No he podido acabar con este libro de Cormac McCarthy, pero juré que lo haría y lo haré. Mañana o de este diciembre en ocho. Es un libro impresionante por donde uno lo mire. Las imágenes son poderosas y recuerdan en ocasiones al hombre primitivo que todos hemos sublimado en algún momento de nuestras vidas como una semibestia armada con cualquier cosa a merced de los elementos y en medio del hambre y una comida improbable. A veces es un rayo, otras veces una luz roja en el horizonte, otras el suelo del desierto y otras más la piel abierta de un animal moribundo manando agua sangre evocan este supuesto estado crudo del ser humano en el mundo. Pero ahí se acaba la cosa. Los hombres de esta novela sí son semibestias, pero a diferencia de nuestro hombre primitivo sublimado están bien agrupados y bien armados buscando gente (más que todo indios) a la que le puedan arrancar el cuero cabelludo para cobrar una recompensa. Forman una compañía que lideran un tal Glanton y el juez Holden.

Meridiano de sangre comienza con un innombrado, un personaje llamado ‘el chaval’, que huye de su casa más que todo porque quién se queda en una casa donde no le pongan nombre. La historia sigue con sangre, mucha sangre, y detalles, muchos detalles, sobre la travesía de la compañía por desiertos en medio de noches oscuras, muy oscuras, en las que al parecer no se duerme. Es una historia llena de un silencio roto apenas por imágenes estridentes que conforman un escenario inventado por un grupo de hombres que apenas hablan y con suerte se miran entre ellos.

Eventualmente la compañía asalta los pueblos que estuvieron tan demalas de hacer parte de su itinerario. Allí, estos paramilitares peregrinos aprovechan para solazarse de su travesía asesina asesinando más o violando o simplemente dando bala por ahí. El juez, El Mal, esboza infinitamente en un cuaderno apuntes propios de un naturalista en todo el sentido de la palabra. En una ocasión hasta dice: “Lo que ha de ser no se desvía ni una pizca del libro en que está escrito”. Pero el juez, El Copista, no es indiferente a este hecho, pues cuando es interrogado acerca de la razón de su garabateo responde:

Todo cuanto existe sin yo saberlo existe sin mi aquiescencia… Estas criaturas anónimas, dijo, pueden parecer insignificantes en la inmensidad del mundo. Y sin embargo hasta la más pequeña miga puede devorarnos. La cosa más insignificante debajo de esa roca ajena al saber del hombre. Solo la naturaleza puede esclavizarnos y solo cuando la existencia de toda entidad última haya sido descubierta y expuesta en su desnudez ante el hombre podrá considerarse soberano de la tierra.

Un personaje así tiene que tener problemas con un personaje que no tiene nombre, cuyo origen es abominable y que en su paso por una compañía de asesinos deja de tenerle miedo al mundo. Pero no es mi intención seguir. Primero, porque no me he podido terminar de leer ese libro y segundo porque le daño al lector de este, su blog, la lectura propia.

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