Accidentes

El (güevón del) vecino (o ex vecino, la vecindad no tiene noticiero) llegó muy formal esta mañana a pedir plata prestada. Si desde el principio hubiera sabido que llegó donde no había, se hubiera ahorrado el trabajo de hacer el favor de venir a interrumpir el oficio. Pero como no sabía, vino.

La formalidad daña muchas conversaciones. A mí la gente que aparece después de mucho tiempo solo para pedir plata (o un favorcito) no me cae mal, sino que me parece que están un poco desubicados con respecto a las convenciones sociales. En todo caso mal no me caen, ni pesar me dan, solo que son lo que una amiga llama “anómicos”, refiriéndose a alguna propiedad metafísica que no he estudiado todavía y que les confiere a los sujetos que la poseen cierta capacidad de incomodar a la mayoría de los sujetos excepto a los anarquistas, estoicos y cínicos. Así que mientras que él se esforzaba por ser formal y preguntaba cómo está la familia y si el perro está muy grande y si algún primo volvió a encargar, se le fueron proporcionando algunos elementos de información; entre ellos, un evento acaecido hace un par de semanas que casi pone en riesgo la vida de un integrante de este hogar. El vecino arriesgó una generalización (filosófica y artísticamente) grosera: “Los accidentes más pendejos suceden de la manera más pendeja”. No es que la estupidez me caiga gorda, ni que tenga nada contra el sentido común, ni que mi perspectiva de la situación estuviera sesgada por el hecho de que este x es en estricto sentido un completo desconocido, sino que el objetivo de proyectar empatía con su comentario fue malogrado o, en otras palabras, no cumplió con las condiciones de satisfacción requeridas por su interlocutor.

Si el vecino hubiera llegado y hubiera habido, hasta se le regalaba la plata, como cuando uno se quiere deshacer del zancudo de madrugada y asume los costos de pararse de la cama con tal de tener un resto de sueño tranquilo. Sin embargo, en este caso se presentaron dos inconvenientes, uno de los cuales ya he mencionado. Primero, llegó donde no había. Y, segundo, le faltó ligeramente al respeto a su interlocutor, a quien por el contrario debía adular, puesto que el contenido de su comentario categoriza de pendejada tanto la índole del accidente al que se refiere como el modo propio de acaecer del mismo el cual, a su vez, refiere, de manera obvia, aunque no necesaria, al agente cuyas actividades relacionadas con los momentos previos al accidente desataron el acaecimiento mismo del accidente. Para resumir, solo unas cuantas puntadas bastaban para advertir que el vecino calificaba de pendejo a su interlocutor, a quien además acusaba (solo había que dar otras cuantas puntadas) de casi provocar su propia muerte por ello. Desconozco si el interlocutor del vecino dio las puntadas correspondientes, pero sí me consta que el vecino obtuvo una respuesta negativa en el siguiente nivel “qué pena señor, pero plata no tengo”. Hipótesis: el vecino hubiera podido recibir como respuesta “ay, don x, ojalá y tuviera y de una le prestaba” si no hubiera usado la frase que él consideró cortés y empática. Hay que llevar a cabo un estudio.

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