Trasteo

Esta tarde me trasteo por emésima vez en n años. De donde me estoy yendo llevaba dos meses, y antes de eso llevaba un año donde estaba y antes otro año y antes cuatro meses y antes dos meses y antes un semestre y antes otro semestre y antes… La última vez que hice la cuenta en serio, en papel y haciendo memoria con gente que me sigue la pista, llevaba 8 trasteos en 6 años, sin mucha homogeneidad con respecto al período de duración de la estadía en el lugar. Pero cada vez que me trasteo hay una constante: me voy con más de lo que llegué. Una vez le dí una lección de vida al entonces próximo excompañero de apartamento y regalé todos los adornos, los muñecos, varios platos, ollas y mi querido equipo de sonido. Hace nosecuántos trasteos me hice el firme propósito de andar solo con ropa, cosas para leer y mi lámpara, pero sigue habiendo el mismo problema.

Una vez pensé que la quietud era la solución, echar raíces, tener dónde guardar las cosas por los siglos de los siglos, pero tampoco fue el caso porque en menos de lo planeado por mí ya estaba en movimiento otra vez por cuenta de un fenómeno interno del cuerpo al que he escuchado que le dicen “le pica”. Me pica. Siempre estoy inconforme con alguna característica de la habitación, apartamento, refugio, cama, baño o algo, o la persona con la que vivo se va o la ciudad en la que estoy ya no me gusta o quiero volver a la ciudad en la que antes estaba. La quietud no es la solución, porque quieto no se puede estar, así como el silencio no soluciona eso de “ser esclavo de sus propias palabras” porque las palabras fustigan en la cabeza sin necesidad de que uno las diga. La quietud no es la solución porque vivos estamos, así como para evitar el atraco o el tiro o la quemadura o el estrellón la solución no es la reclusión. Está uno tan de malas que recluso y todo llegan los ladrones o se entra el bus a la casa o se cae el techo o se prende la veladora. Quedarse quieto es siempre una tentación, no ensuciarse para no tenerse que bañar, no ponerse ropa para no dañarla, ni zapatos para no gastarlos, ni dormir en la cama para no tenderla, pero es imposible. A mí siempre me ha seducido la paulatina eliminación para sentir el placer de la inexistencia, pero la única salida a eso es la autodestrucción y yo autodestructivo no soy (todavía), por lo que más bien prefiero sentir el placer del movimiento, así esté cansado, porque quedarse quieto no es una opción porque así uno no lo decida si a uno le pica se rasca y para rascarse hay que moverse. Y el que está en movimiento deja rastro y las cosas con las que uno anda o las que uno va prestando o las que uno va diciendo se quedan un tiempo, quién sabe si corto o largo. La mejor solución que encontré fue buscar unos vídeos en Youtube para aprender a empacar y dejar en tres maletas lo que antes estaba en cuatro cajones y dejar una bolsa con la basura para minimizar el rastro, aunque ni así se pueda no dejarlo, y dejar solo lo que en la jerarquía de prioridades sea más prescindible.

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