91-99

En el viaje por carretera de la semana pasada vimos muchos perros muertos. Las autopistas son implacables con los animales. En ocasiones, solo se advertía una mancha de sangre y algunos pedazos de piel porque, supongo, los carros y camiones a alta velocidad se habían llevado en sus llantas todos los otros pedazos de lo que antes había sido el animal. No sé qué está mal con eso. Tengo la sospecha de que lo que está mal es que haya tanta gente necesitando que hayan tantos carros andando tan rápido por carreteras tan anchas que le cierran el paso a las expediciones a pata.

86-88

A mí me da mucha putería cuando la gente pone comas donde no es. Entre sujeto y predicado, por ejemplo. O cuando pone una coma donde, si pusieran otra, iría un inciso, dejando al pobre inciso cojo, sin tener el pobre nada qué ver en el conflicto (este caso, según lo veo, no es claramente un caso de poner una coma donde no es ni claramente un caso de dejar de poner una coma donde es). Por esa razón he llegado a sobreestimar la posibilidad de cometer el error ortográfico consistente en poner comas donde no son y he terminado cometiendo el error de no poner comas donde son. Este último error no me da tanta putería como el primero, pero es de todas maneras un error. A mí no me da vergüenza en admitir “Mirá, un error de ortografía, se me olvidó poner ahí una coma”. Pero sí hay mucha gente, sobre todo la que le corrige la ortografía a los demás, a la que no solamente le da putería que otros cometan un error ortográfico, sino que esos mismos otros en ocasiones les señalen sus propios errores cuando los cometen. En fin, todo esto para decir a mí casi siempre que me da putería ver eso. Y que me trago casi siempre toda esa rabia ortográfica. Que casi nunca la expreso, que es una úlcera interna que se hace más grande cada vez que alguien pone una coma donde no es y yo me quedo callado.

85

También se murió Leonard Cohen. Ahora solo falta que este mismo año, más tarde, se muera Bob Dylan y quedamos listos. Nos conectamos tanto con los que escriben cosas que nos gustan que llegamos a sentir que eran nuestros amigos, y nos duele que se mueran. A otros les pasa con los políticos de su barrio, a otros con los futbolistas, a otros con los personajes de las telenovelas, a otros con los cantantes: parece que, en un sentido u otro, algún elemento del mundo hace que nos conectemos con completos desconocidos y los llamemos ‘amigos’ o ‘hermanos’ y se nos alegre el día cuando hacen algo bacano se nos dañe cuando les pasa algo malo o se mueren. No sé si haya gente allá afuera sin conexiones profundas con completos desconocidos.

82-84

A veces veo un payaso en la estación del bus en la que me monto. El payaso se mantiene hambriento y somnoliento. Se le ve en la cara. Una vez lo vi durmiendo en una escalara desafiando el dolor de cuello posible. Otra vez lo vi comiendo una cosa amarilla nauseabunda que sacaba de un tarro plástico. El payaso nunca me ha mirado. Cuando me mire, se va a dar cuenta de que siempre lo estoy mirando de vuelta.

80-81

Es irónico que la democracia se base en la idea de que todos sabemos lo que es mejor para nosotros y que eso se materialice en un acto en el cual se vota para que alguien tome un montón de decisiones importantes por nosotros. Esa ironía se combate con la acción, sobre todo cuando no estamos de acuerdo con las decisiones que se toman en las urnas. Para bien y para mal, la democracia permite el rango de acción entre decisiones que no nos gustan y aspiraciones a mejores decisiones. La Ley no nos dice qué hacer. Esto por dos razones: primero porque La Ley solo es un marco normativo, pero no es un plan de acción; establece incentivos y sanciones, pero entre el deseo de obtener un incentivo y evitar una sanción todavía se puede hacer mucho; segundo porque La Ley la trata de hacer cumplir una cosa que se llama La Policía, que interpreta como mejor le parece qué es y qué no es una infracción.

En An American Tragedy, David Remnick cita en este mismo sentido el ensayo Freedom of the Park de George Orwell:

La ley no es ninguna protección. Los Gobiernos hacen leyes, pero si se cumplen o no, y cómo se comporte la policía, depende del pulso general del país. Si grandes números de personas están interesadas en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión incluso si la ley lo prohíbe; si la opinión pública es indolente, las minorías inconvenientes serán enjuiciadas incluso si existen leyes que las protejan.

Es miedosa la cantidad de poder que de hecho tiene La Opinión Pública.

79

Antes de dar la conferencia que dio criticando la psicología moral de Kant, Pat Kitcher se disculpó con su audiencia (mayoritariamente mexicana) porque su país había elegido a un idiota como presidente. Que no sabía qué más hacer aparte de disculparse. Que ella y su familia habían donado y hecho campaña y todo lo que estuvo en sus manos para que ganara Clinton, pero que no se pudo, que por favor disculpáramos esa elección. Nadie supo qué responder. En la audiencia, alguien, a pesar del frío, portaba una camiseta con el mensaje “Bernie 2016”.

78

“En el Estado de Platón el papel del filósofo es el de gobernar como Rey de una aristocracia” es más o menos la imagen que le pintan a uno de uno de los temas principales de La República. La cosa es un poco más compleja que eso, pero sí, esa es una de las interpretaciones posibles del papel del filósofo en el campo de la política. Este punto de vista significa, entre otras cosas, que en la República platónica el filósofo es poderoso.

Hay otra manera de ver las cosas. En las últimas líneas de República IX se sugiere que el Estado ideal, en el que el filósofo reina, es ideal en el sentido de que es un paradigma inexistente que “se halla solo en las palabras”. Esta República ideal no existe en ningún lugar del mundo y probablemente nunca existirá. Existe, podría decirse, solo como un estándar crítico de los Estados que sí existen. En los que sí existen, el papel del filósofo es muy distinto.

Pongamos por caso la democracia, esa forma degenerada de gobierno escasamente separada de la tiranía. Tenemos un ejemplo muy bueno del papel del filósofo en este tipo de Estado, que es el del mismísimo Sócrates condenado a morir envenenado por su papel subversivo en las mentes juveniles y por ateo. Si uno conecta esto con el final de República IX, resulta que el verdadero papel del filósofo en los Estados existentes, las democracias por ejemplo, es el de seres marginales, alejados del poder y perseguidos por él, como sucede en la Apología. Cada tanto tiempo hay que volver a todo esto, no para constatar lo que está mal con la democracia, sino para ver qué tanto fue que Sócrates hizo para que lo condenaran a muerte y, guardando las proporciones, tratar de hacerlo hoy.

77

Esta crónica entre desolada y chistosa la escribí para el número 80 de Universo Centro. Habiendo pasado ya más de un mes desde ese 2 de octubre, se logra dimensionar mejor lo que pasó. Las profecías trágicas y los chillidos victoriosos que llamaban a la reconciliación hipócrita estaban por igual equivocados. Ahora más que hace un mes pienso que la postura correcta a asumir es frentiar trabajando desde lo constructivo, pero con desesperanza y pesar por Colombia. No puedo dar más que eso al mirar el cinismo frente al horror y la celebración pueril de los representantes destructivos. Hemos estado peor y por eso el miedo a retroceder de quienes están en el ojo del huracán se tiene que honrar con algo, así ese algo venga desde la lástima por la grandilocuencia con la que estamos acostumbrados a asumir las victorias tanto como los fracasos.

76

En la Biblioteca de México (la de La Ciudadela) tienen unas bibliotecas personales lo más de bacanas: de José Luis Martínez, de José Castro Leal, de Jaime García Terrés, de Alí Chumacero y de Carlos Monsiváis. Mi conclusión es que esos manes tenían muchos hijueputas libros. Me hicieron quitar el complejo de acumulador que tenía. Hicimos un recorrido de las de José Luis Martínez y de la de Carlos Monsiváis. Entre otras cosas bacanas, tenían libros viejos raros, primeras ediciones y encuadernaciones sofisticadas. En la de Carlos Monsiváis, por ejemplo, vimos una primera edición de Cien años de soledad, la famosa con la portada improvisada, con dedicatoria de García Márquez, unos Cuadernos de Lanzarote con dedicatoria de Saramago, otro con dedicatoria de Octavio Paz, otro con dedicatoria de Pablo Neruda y etcétera: ya se entiende el sentido de la enumeración. Ahí en esa de Carlos Monsiváis dicen que hay 25 mil libros y que hay otros 13 mil, que también eran de él, en una casa por allá no sé dónde. Una cosa bien curiosa de esas bibliotecas personales es que tienen objetos personales exhibidos como piezas de museo: gafas, pipas, ceniceros y cosas de esas. Si exhibieran objetos como los calzoncillos, los cortauñas y las medias rotas quizá se podría evitar el culto formal y la exaltación grave de los intelectuales como si fueran gente de otro mundo.