Reloj

Hace unos cuatro meses mal contados que me compré un reloj. Por razones de cláusulas de confidencialidad no puedo revelar en qué trabajo, pero el caso es que trabajo en un sitio en el que uno no puede entrar teléfonos inteligentes (y, por cierto, ni papeles ni monedas ni billetes ni paquetes opacos de papas cerrados [traslucidos sí, cerrados y abiertos, y opacos abiertos también] ni dispositivos de almacenamiento de información digital tales como discos duros portátiles o memorias USB). Antes de entrar a trabajar en este sitio, utilizaba mi teléfono inteligente para saber la hora, que a veces es un dato conveniente de saber sobre todo cuando uno se intenta poner de acuerdo con otras personas acerca de horas de encuentro y además uno tiene la intención de ser fiel a los acuerdos establecidos previamente. Utilizaba mi teléfono inteligente para consultar la hora y en ocasiones consultaba la hora mirando un reloj público, en una pared o en un aviso, o uno privado a plena vista que nadie se preocupaba por ocultar deliberadamente.

El caso es que al momento de entrar a trabajar a este sitio me fueron dadas las advertencias y enumeradas las posibles sanciones. Una persona «de seguridad» nos escanea concienzudamente antes de entrar al sitio de trabajo de modo que sea verificado que nada no autorizado es portado por los empleados. El sitio de trabajo no tiene relojes análogos ni digitales públicamente accesibles, pegados en la pared o colgados del techo, así que quien quiera saber la hora tiene que mirar la esquina inferior derecha de su computador asignado. En las etapas iniciales del trabajo, en el período de prueba, no nos era dado acceso a un computador, por lo cual era prácticamente imposible saber la hora. Dentro de las cosas permitidas para entrar al sitio de trabajo se encuentran los relojes (también los termos de café, siempre y cuando no lleven trago adentro), los análogos tanto como los digitales sin capacidad de almacenamiento de información, por lo cual era virtualmente posible saber la hora si uno se la preguntaba a un compañero o compañera de trabajo. Antes de hacerme a la confianza de un par de personas, digamos unas cuatro semanas, sin acceso a computador, era, por eso digo, prácticamente imposible saber la hora. Eso causó una especie de ansiedad de saber la hora que hasta entonces nunca había sentido simplemente por el hecho de que daba por sentada la posibilidad sin límites de agarrar mi teléfono inteligente, hundir un botón y saber ahí mismito la hora.

De modo que hice lo siguiente. Entré a un sitio web de compras de cosas y busqué un reloj barato, uno digital, esperé a que llegara, cuando llegó me lo puse en la muñeca izquierda, vi que era bueno e ingresé el reloj en el inventario mental de cosas que poseo. Ahora soy dueño de un reloj que compré (antes era dueño de unos relojes que me habían regalado) y, a pesar de que tengo acceso al computador y consecuentemente puedo ver la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla de mi computador asignado (uno diferente casi cada día), adquirí la costumbre de, antes de salir al trabajo, después de meterme la billetera en el bolsillo derecho y el celular en el bolsillo izquierdo, ponerme el reloj en la muñeca izquierda y quitármelo al llegar al sitio de trabajo para, cuando tenga la ansiedad de saber la hora, voltear la mirada y encontrar ahí el registro del tiempo que pasa, que pierdo, mientras hundo los dedos en las teclas de El Sistema a cambio de plata.

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Magistral, por Rubén Martín Giráldez

Sobre este libro hay para decir lo siguiente: confusión, recursividad y argumentos. Y que me gustó como un putas.

[Nota liminar: Magistral es el libro que yo leí , mientras que «Magistral» es el libro del que habla el narrador de Magistral. Por claridad, evitaré el uso del adjetivo «magistral» a lo largo de este comentario, por más que sea apropiado en algún punto]

Confusión: Magistral lo narra alguien que tiene la pretensión de entablar una conversación con uno mientras comenta «Magistral». Si uno le responde al narrador, es posible que esa conversación se entable en cada página, casi que en cada línea, recurso por el cual el libro se vuelve inagotable. Sin embargo, hay un trasfondo narrativo (¿novelesco?) que mantiene en suspenso la figura del narrador como una figura provisional que eventualmente daría paso a algún tipo de acción en algún tipo de espacio que transcurra durante un determinado tiempo. Hasta la última página estuve esperando que la historia comenzara. Esto genera una cierta confusión saludable que obliga al lector a traer piezas de aquí y de allá para intentar darle el contenido narrativo a ese trasfondo. Confusión, por cierto, entre si lo que se tiene en las manos es o no una narración. En la última página la confusión se resuelve y obviamente no me voy a poner acá  de malcriado a decir cómo. Hipótesis: en el futuro distópico de cualquier distopía totalitarista gestionada por la Real Academia, el comentarista de «Magistral» se dirige a un tribunal de censura.

Recursividad: hay un montón de recursos literarios desplegados a lo largo de las poco más de 99 páginas del libro que tiene 100 páginas. Destaco el uso de la ya mencionada falta de claridad argumental que, hasta cierto punto muy determinado, permite dudar razonablemente si lo que se tiene entre las manos es un opúsculo de crítica literaria o una novela. También aparecen: juegos de palabras; arquetipos como el heraldo, el Watson, el corruptor; el juego de diagramación/ maquetación; el acertijo de entretención; el callejón sin salida; la exasperación al lector por medio de los continuados insultos; la autorreferencialidad crítica; la palmada en el culo al sinsentido. En un punto de la novela, aparece una referencia a Notable American Women, por Ben Marcus. Al principio, creí que se trataba de una pseudo recensión acompañada de una pseudotraducción acompañada de una pseudocrítica muy al estilo de Borges lo del zoilo ficcional encarnado por Lem en Vacío perfecto, pero luego me di cuenta de que el libro de Marcus realmente existe en un sentido muy similar al sentido en el que existen en Magistral las páginas que reproducen páginas de Notable American Women. El ejercicio es un ejercicio de admiración a Marcus en intersección con las críticas al idioma español y a la literatura española, pero los detalles de esta referencia se me escapan. Eso sí, quedé con ganas de leer el libro de Marcus.

Argumentos: corresponde a cada lector distinguir qué argumentos merecen atención y cuáles son berridos de niño malcriado que hay que dejar apagar, pero el caso es que Magistral está compuesto casi en su totalidad por un alegato en contra de la cultura /industria editorial española y de Los Lectores, sea lo que sea que eso quiera decir. Un ejemplar en la página 97:

Los amanuenses confundís con inspiración la psicosis-despertador que os inoculamos. Cuando dictamos, dictamos, y es fácil, todo son facilidades, todo va rodado, hasta parece que tengáis talento; cuando cuesta, es que no estamos dictando: no hay equivocación posible: si lo que viertes ahora es una combinación perdedora, no lo dudes más: no estamos dictando: lo que tú interpretas como baja inspiración es bloqueo, es voz digestiva y auténtico regüeldo. Pom-pom. ¿Quién es? Soy la leche retirada de tus pechos. Tú mismo te estás diciendo: Para, déjalo, pon a salvo tu dignidad. Si no te escuchas a ti mismo, dime, ¿de qué te sirves? El púlpito del bloqueo, la sentenciosidad y el aforismo son, son, son: síntomas, todo síntomas de que no eres un genio. No sirves. Si estás leyendo esto no sirves, porque para servir deberías haberlo escrito tú, como mínimo, y así al menos servirías en alguna de las acepciones del verbo. Serías chambelán, comercial, fruslero, remedista, caravanero, vendedor ambulante, mercader, vigía de algo, barquero, conector, alabanza, alzacuellos, madrigal; pero no escribes: lees. Repite: No sirvo sino a quien leo.

Se me hace que toda esta pirueta del comentario a «Magistral» que me encuentro en Magistral no es otra cosa que la forma que Martín Giráldez tiene para decirnos: «Y eso que apenas estoy calentando, gonorreas».

Pedro Páramo, por Juan Rulfo

Relectura, o algo por el estilo. Un sistema inframundano de voces alcanza al visitante de un pueblo fantasma. Al advertirlo, el visitante muere quizá del susto o quizá del anhelo de alcanzar ese inframundo aparentemente apacible en el que se vuelve una y otra vez sobre los recuerdos. La escritura de Juan Rulfo lo envuelve a uno en atmósfera de infierno en blanco y negro en el que los fantasmas parecen habitar, pausadamente, reproduciendo ecos de recuerdos, devolviéndolos, repasándolos, modificándolos. Sería una novela de terror si no fuera porque es una novela de amor, a fin de cuentas.

Implicaciones de una fuga psíquica, por Gonzalo España

Salomón Ventura es un fiscal en la ciudad petrolera de Alcandora, la contraparte ficcional creada por Gonzalo España de Barrancabermeja. Luego de ser víctima de unas puñaladas que casi lo pasan al otro lado del río, Ventura comienza a tener pensamientos y comportamientos extraños, pensamientos y comportamientos que su esposa identifica con una fuga psíquica. El intento de resolver su situación personal es, al tiempo, el intento de resolver un crimen particularmente sangriento en el contexto ya criminal y sangriento de Alcandora. El inicio es algo flojo, pero el suspense me agarró cerca de la mitad del libro.

No tengo claro el orden de publicación de las novelas de crimen de Gonzalo España, así que no sé si se trata de la primera aparición de Salomón Ventura. En cualquier caso, quizá asistamos a la caracterización y a las cuitas de nuestro Maigret colombiano o nuestra versión colombiana de Blomkvist, guardando las proporciones. Quizá en contra de esta analogía esté el detalle técnico-jurídico sin importancia de que Salomón Ventura no es detective, sino fiscal; el detective sería en este caso el inspector Mondragón. Si el inspector Mondragón cumpliera un rol claro de narrador o asistente de Ventura, podría ser incluso nuestra versión colombiana de la estructura Holmes-Watson. En Implicaciones de una fuga psíquica el rol del inspector Mondragón es demasiado accesorio para llegar a esta conclusión. Una característica importante de esta historia es la resolución paralela del misterio y de la fuga psíquica que aqueja a Ventura: la resolución del crimen resulta en últimas transformadora, terapéutica, existencial. Salomón Ventura no resuelve el crimen mientras simultáneamente resuelve sus perturbaciones psíquicas, sino que la resolución del crimen es causa de la resolución de lo otro.

Muy en contra del libro está que se le nota la falta de cuidado editorial en las numerosas erratas.

Aclaración

Por las numerosas cartas de lectores, me he dado cuenta de que el reciente impulso que he tenido de escribir reseñas de libros de ficción ha dado lugar a un fenómeno masivo de lectura de esos libros tomando como punto de referencia mis opiniones sobre ellos. Antes de que los lectores de este, su blog, continúen con esa práctica demente, y antes por lo tanto de seguir con los comentarios a las últimas novelas (¿o novellas?) negras que leí hace días, quisiera aclarar que no tengo estudios científicos sobre asuntos de ficción literaria, ni mucho menos sobre crítica y suficiencia estética, como para que se me considere una autoridad en la materia. Mi guía en este asunto es la misma que en los asuntos relativos al mondongo y a las tajadas de plátano maduro con quesito: o no me gusta o me gusta (lamento decepcionar a todos los que leían este blog con la convicción de que me gustaba el mondongo). Esto no quiere decir tampoco que mi sentir al leer literatura de ficción sea inefable y que no tenga algo así como un listado de razones que me respaldan para opinar lo que opino y que no considere que en cierto sentido que merece cuidadoso examen hay cierta objetividad en el recurso de yuxtaponer las opiniones a los pasajes de las obras literarias que causan en uno esas opiniones. Por supuesto que considero que la evidencia textual es clave en las discusiones sobre los sentidos de las obras de ficción y que es más o menos una tontería creer que es imposible el diálogo constructivo solo por el hecho de que las obras literarias provocan sentimientos distintos en cada una de las personas que las aprecian contemplativamente. Con todo y esto, pienso que en último término cada persona debe buscar su camino en la lectura de ficción y no fiarse por las opiniones de algún otro, por más parecido a sí mismo que lo considere o por más fiabilidad que considere que tienen sus creencias sobre lo que lee. En lugar de intentar imaginar esta seguidilla de comentarios a libros de ficción como algo que quiere influir en quienes lo leen, quiero que lo piensen como cuando están comiendo con alguien y comentan o bien elogiosa o bien vituperablemente diciendo: “tan bueno [o tan maluco] que está esto, ¿cierto?”. Ya sé que el lector está pensando: “¿Y tanto preámbulo para decir semejante bobada?” Y sí.

Saide, por Octavio Escobar Giraldo

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No me mató, pero me mantuvo hasta el final. Las escenas casi siempre están descritas en correspondencia con la meteorología del lugar en el que están los personajes. Así, casi toda la novela se desarrolla en un clima emocional caluroso, pesado, húmedo, pegajoso y malsano, que coincide con el clima de Buenaventura. La historia comienza con un viaje entre Buenaventura y Juanchaco en el cual el narrador (que no se sabe cómo se llama), junto con el doctor Díaz-Plata, recuerda cómo fueron las circunstancias en las que conoció a Saide, esa una muchacha hermosísima de ascendencia libanesa. La biografía del narrador y la de Saide se cruzan en Buenaventura por causa de la violencia. En el caso del narrador, una puñalada lo manda de Bogotá a Buenaventura; en el caso de Saide, un tiro la manda de Aguasblancas a Buenaventura. El narrador, en diálogo con Díaz-Plata, que aprendemos que es el esposo vejete de Saide, va descubriendo (¿sin resolverlo?) el misterio de la muerte de Saide durante el viaje a Juanchaco, cuyo resultado es un tremendo guayabo.

 

El libro aguanta una relectura para averiguar cómo las descripciones de la violencia dependen de quién las haga, cómo las causas se revelan u ocultan a conveniencia de quién hable, cómo para un narrador la violencia es un fenómeno social con actores identificables y cómo para otro es un fenómeno natural cuasi primitivo de causas inescrutables.

Leo que Saide fue publicada por primera vez en 1995 y que obtuvo ese mismo año el Premio Crónica Negra Colombiana. Mi edición es una de Editorial Periférica de 2007, que editó otro libro de Escobar con una historia al parecer relacionada con Saide, libro que no he conseguido todavía. Con este libro comenzó una pequeña incursión mía en el así llamado ‘género negro’ colombiano. Próximas entradas sobre esto. También comenzó un pequeño romance no acabado que espero continuar este año.

 

Caperucita se come al lobo, por Pilar Quintana

En los próximos días subiré a este, su blog, unas reseñas que tenía atascadas en el procesador de texto desde el año pasado, sobre todo de ficción colombiana, que fue como lo último que leí en 2017.

En esta ocasión comento Caperucita se come al lobo por Pilar Quintana, una autora que está siendo muy leída por estos días. Casi cada persona a la que le pregunto ha leído ya algo de ella y yo nada, así que me puse en la poltrona con este pequeño libro de relatos.

Ilustración-libro-190x300El libro es una colección de seis relatos cortísimos sobre violencia y erotismo o la violencia del erotismo o el erotismo de la violencia. Se examinan varios ángulos en las relaciones (casi siempre) desiguales entre hombres y mujeres, ángulos que revelan verdades incómodas, salvajes o disonantes. Para mí que el detonante de cada uno de los relatos es alguna fantasía (de la autora o no, retorcida o no, prohibida o no, ilegal o no) cuyo cumplimiento busca un lugar en el relato. Me gustó la sencillez del lenguaje. No me gustó la falta de desarrollo en un par de relatos.

Por ratos queda la impresión de un lirismo condensado en algunos párrafos que ayuda harto al lector a vivir la atmósfera de los personajes y que quizá cumplan una función explicativa de algunas situaciones. Esto funciona, por ejemplo, en el primer relato sobre el olor del amante de la narradora y también en el que le da el título al libro. En este par de relatos por momentos se siente uno con la respiración de los personajes enseguida. Como historias condensadas, creo que dejan la oportunidad de una lectura más atenta, más contemplativa que la que hice afanado a finales de año pasado. Atribuyo a esta desatención la sensación generalizada de falta de desarrollo. Aprovechando que es un libro muy corto, le voy a pegar una segunda ojeada más tarde este año.

Era más grande el muerto, por Luis Miguel Rivas

Lo primero es decir que me gustó mucho la novela y que recomiendo leerla lo más pronto posible si lo que quiere la lectora de este, su blog, es leer una literatura que la divierta. Es decir, recomiendo dejar de leer esto que escribo y pasar a leer la novela. A continuación explico las razones arbitrarias de esa recomendación.

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En Medellín hay una empresa de buses que se llama Villa Hermosa. En algún punto de la década de los 80, alguien que podría ser el protagonista de Era más grande el muerto se sube uno de esos buses y comienza a imaginar historias a partir de los fragmentos de las frustraciones cotidianas que puede recordar. Y en eso consiste el viaje. Viaje a viaje, se consolida un mundo hecho de trago, de canciones, de tiros, de marcas de ropa, de tenis, de bicicletas, de motos, de carros y de anhelos. Ese mundo de los 80 en Medellín en parte es el mundo de hoy, porque seguimos escuchando la misma música, tomando el mismo trago y teniendo los mismos anhelos; total, seguimos en parte viviendo la vida tal como se la inventaron en el Medellín de los 80. En esta novela da la impresión de que reconstruir con detalle ese mundo es entender nuestro mundo: el mundo de los que montamos en un Villa hermosa, en particular, pero también el mundo de los que tratamos de entender el presente mirando al pasado, en general.

Si uno se monta en un bus de esos, y se pone a imaginar que existe un lugar llamado Villalinda, empieza entonces a pensar acerca de una ficción quizá titulada Era más grande el muerto. En esta provincia ficticia, supongamos, alguien que podría ser el protagonista de Era más grande el muerto se monta en un bus y se pone a imaginar que existe un lugar llamado Medellín, al que de cariño algunos llaman La Bella Villa. Pasa que en esta provincia ficticia (de segundo orden) acaecen cosas que podrían suceder pero no suceden en Villalinda y existe gente que podría existir pero no existe en Villalinda. Manuel, el narrador de Era más grande el muerto, en este juego de imaginar, crea desde Villalinda una ficción que mira de frente a la realidad de la inexistente Medellín y le canta la tabla. En ese proceso, uno se ríe y dos páginas más adelante se dice que “eso es muy serio y con eso no se bromea”, porque se acuerda que casualmente el mundo “real” es un reflejo de Villalinda (no al revés). La forma en que uno se da cuenta de esto es porque a medida que pasan las fiestas uno se va dando cuenta de que las fiestas no son para celebrar.

En ese juego se advierte también que los mecanismos de la literatura invadieron una Villalinda que, desde su realidad, aspira hiperbólicamente a ser esa otra ciudad ficticia. Tal invasión tiene lugar porque en una de las bibliotecas hay un libro que redescribe los sucesos que realmente ocurren en Villalinda como si fueran una mitología y los narra como si fueran la realidad objetiva de Medellín, la ciudad imaginaria. Era más grande el muerto es una novela de alguien que se monta en un bus Villa Hermosa y fantasea sobre la impotencia/estupidez del impulso a querer cambiar la realidad y es, además, la novela en la que se redacta el importante Manifiesto metafísico de El Chichipato.

¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?, por Luis Miguel Rivas

Qué libro tan bacano, a lo que es bien. Narrado por un “viejo lobo de los mares de la abstinencia y la recaída” (p. 142), este conjunto de relatos me parece que consolida un estilo muy propio de Rivas. Hay asuntos recurrentes como la adicción, la obsesión por el símil paradójico, la dinámica oficinista y el Valle de Aburrá en los que siempre se mueven personajes llenos de dudas, frustraciones y tiros charros. El suspenso casi siempre consiste en una combinación de “a este tipo qué le va a pasar” y “ahora Rivas con qué irá a salir”. La búsqueda parece siempre de un balance entre sobriedad y sentido, entre insuficiencia y embriaguez. Dos relatos, “Amor bajo el sol supremo” y “Los libros”, experimentan un poco con la ciencia ficción y me gustaron particularmente. “La mañana del diente de león” es una miniatura preciosa, y hasta esperanzadora si no fuera porque no lo es. Aguanta varias relecturas.

Investigaciones recientes hechas por personas viejas confirman la amplia sospecha de que las llamadas crisis de los 30 y de los 40 tienen una importante correlación con el éxito financiero y social. La correlación es esta: a mayor éxito en esos niveles, menor satisfacción personal hay (así es definida la crisis). La constatación de estar acercándose inevitablemente a la muerte arrebata el sentido al éxito. La solución es ponerse a hacer cosas sin aparente sentido. El éxito financiero y social está fijado por un estándar colectivo de lo que tiene sentido. El problema de esto es que, como dice el carnicero, "todo depende del marrano". A unos les gusta el mondongo y a otros no. Hacer cosas sin aparente sentido como el ejercicio o rescatar perritos o la costura o los videojuegos o dibujar dibujos feos o aprender a forzar cerraduras parecen dar sensación de mejoría a quienes, a pesar de su éxito, ven que nada tiene sentido. Quizá es porque tienen razón y nada tiene sentido y es más coherente con el sinsentido intrínseco del Multiverso rascarse el ombligo o recoger basura en un estadio que comprar carro, apartamento y llegar a besar mecánicamente a la pareja en la boca. El éxito financiero y social por sí mismos no dejan sentir el paso del tiempo, así que cuando en una tarde que el jefe le da libre el trabajador sospecha que apenas se muera se va a disolver en la nada y que nada en realidad tiene sentido, entonces comienza a quebrarse por dentro. Busca entonces actividades que colectivamente son consideradas espurias para lograr el éxito pero que le permiten darse cuenta de que el tiempo pasa e irse acostumbrando a la idea de que la vida productiva es un entretenimiento pasajero mientras llega el tedio de la vejez en el que todo lo que hay es la constatación del paso del tiempo, la aceptación de la muerte y la disolución del concepto de arrepentimiento.

(Obviamente las investigaciones me las acabo de inventar y solo quería volver a escribir cualquier sandez en este, su blog)