¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?, por Luis Miguel Rivas

Qué libro tan bacano, a lo que es bien. Narrado por un “viejo lobo de los mares de la abstinencia y la recaída” (p. 142), este conjunto de relatos me parece que consolida un estilo muy propio de Rivas. Hay asuntos recurrentes como la adicción, la obsesión por el símil paradójico, la dinámica oficinista y el Valle de Aburrá en los que siempre se mueven personajes llenos de dudas, frustraciones y tiros charros. El suspenso casi siempre consiste en una combinación de “a este tipo qué le va a pasar” y “ahora Rivas con qué irá a salir”. La búsqueda parece siempre de un balance entre sobriedad y sentido, entre insuficiencia y embriaguez. Dos relatos, “Amor bajo el sol supremo” y “Los libros”, experimentan un poco con la ciencia ficción y me gustaron particularmente. “La mañana del diente de león” es una miniatura preciosa, y hasta esperanzadora si no fuera porque no lo es. Aguanta varias relecturas.

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Investigaciones recientes hechas por personas viejas confirman la amplia sospecha de que las llamadas crisis de los 30 y de los 40 tienen una importante correlación con el éxito financiero y social. La correlación es esta: a mayor éxito en esos niveles, menor satisfacción personal hay (así es definida la crisis). La constatación de estar acercándose inevitablemente a la muerte arrebata el sentido al éxito. La solución es ponerse a hacer cosas sin aparente sentido. El éxito financiero y social está fijado por un estándar colectivo de lo que tiene sentido. El problema de esto es que, como dice el carnicero, "todo depende del marrano". A unos les gusta el mondongo y a otros no. Hacer cosas sin aparente sentido como el ejercicio o rescatar perritos o la costura o los videojuegos o dibujar dibujos feos o aprender a forzar cerraduras parecen dar sensación de mejoría a quienes, a pesar de su éxito, ven que nada tiene sentido. Quizá es porque tienen razón y nada tiene sentido y es más coherente con el sinsentido intrínseco del Multiverso rascarse el ombligo o recoger basura en un estadio que comprar carro, apartamento y llegar a besar mecánicamente a la pareja en la boca. El éxito financiero y social por sí mismos no dejan sentir el paso del tiempo, así que cuando en una tarde que el jefe le da libre el trabajador sospecha que apenas se muera se va a disolver en la nada y que nada en realidad tiene sentido, entonces comienza a quebrarse por dentro. Busca entonces actividades que colectivamente son consideradas espurias para lograr el éxito pero que le permiten darse cuenta de que el tiempo pasa e irse acostumbrando a la idea de que la vida productiva es un entretenimiento pasajero mientras llega el tedio de la vejez en el que todo lo que hay es la constatación del paso del tiempo, la aceptación de la muerte y la disolución del concepto de arrepentimiento.

(Obviamente las investigaciones me las acabo de inventar y solo quería volver a escribir cualquier sandez en este, su blog)

Científicos a-filosóficos

De vez en cuando conviene volver a esta cita de Engels, que en la Dialéctica de la naturaleza se fue en contra de la ciencia natural de su época:
Los científicos naturales creen que se libran de la filosofía al ignorarla o denigrarla. No pueden, sin embargo, realizar ningún avance sin pensamientos y para el pensamiento necesitan estándares de pensamiento. Toman estas categorías irreflexivamente del sentido común de las así llamadas personas cultas, el cual está dominado por los vestigios de las filosofías hace tiempo obsoletas o por la pequeña porción de filosofía que los obligaron a aprender en la universidad […] o por la lectura acrítica y asistemática de escritos filosóficos de todos los tipos. Por lo tanto, no solo son unos esclavos de la filosofía, sino que desafortunadamente lo son de la peor de ellas y aquellos que denigran más de la filosofía son esclavos de precisamente los peores vestigios popularizados de las peores filosofías.
(Traducido de: Marx, Karl y Engels, Frederick. Collected Works, Vol. 25, Frederick Engels: Anti-Dühring, Dialectics of Nature. Moscow, Progress Publishers, 1987, p. 490)
Tengo además la impresión de que esta crítica se puede extender a lo que en la cita se denomina el “sentido común de las así llamadas personas cultas” que, cada tanto, en lo que considera una chispa de ingenio, critica lo que cree que es “la” filosofía sin conocerla. Termina influyendo, siempre para mal, en lo que podría llamarse el “sentido común de las así llamadas personas incultas” que portan con orgullo la insignia de cierto analfabetismo que se considera crítico por simplemente denigrar de lo que desconoce.

(Casi) todos los días como avena al desayuno. La noche anterior, hiervo agua y se la agrego, hasta rebosarla, a una cantidad de hojuelas de avena equis que tengo separada en un recipiente de vidrio y que tiene por lo general pasas y coco rallado y canela. Esto lo pongo en la nevera. En la mañana, antes de comérmela, dado que como resultado de la operación de la noche anterior queda una especie de pasta incomible, le echo algo de azúcar morena y leche y a veces, cuando hay, unas rodajas de banano preferiblemente pintón. Me como esto a cucharadas la mayoría de las veces y las otras me lo tomo en forma de licuado para disminuir el tiempo de consumo o bien porque el hambre apremia o bien porque los negocios llaman. Dije que (casi) todos los días como avena al desayuno, pero debo agregar que no es lo único que como, o así trato de que sea, dado que el desayuno es la comida más importante del día. A veces ajusto con huevos, a veces con chorizos, a veces, cuando sobró, con fríjoles o incluso a veces con carne. Los días comienzan con una gran contingencia, casi que podría decirse que con una contingencia la hijueputa, aunque la aparente estabilidad de las opciones haga pensar al lector lo contrario. Incluso teniendo tan claro el menú, a veces me voy y compro unos buñuelos, porque me parecen muy importantes los buñuelos al desayuno por las mismas razones arriba expuestas que me llevan a ajustar la avena con otras cosas. A veces compro los buñuelos y no los pido para llevar sino que me los como en la cafetería o a veces, inclusive, qué colmo, teniendo la intención expresa de comérmelos en la casa, me los termino comiendo en el camino de vuelta porque qué hambre que hace.

91-99

En el viaje por carretera de la semana pasada vimos muchos perros muertos. Las autopistas son implacables con los animales. En ocasiones, solo se advertía una mancha de sangre y algunos pedazos de piel porque, supongo, los carros y camiones a alta velocidad se habían llevado en sus llantas todos los otros pedazos de lo que antes había sido el animal. No sé qué está mal con eso. Tengo la sospecha de que lo que está mal es que haya tanta gente necesitando que hayan tantos carros andando tan rápido por carreteras tan anchas que le cierran el paso a las expediciones a pata.

86-88

A mí me da mucha putería cuando la gente pone comas donde no es. Entre sujeto y predicado, por ejemplo. O cuando pone una coma donde, si pusieran otra, iría un inciso, dejando al pobre inciso cojo, sin tener el pobre nada qué ver en el conflicto (este caso, según lo veo, no es claramente un caso de poner una coma donde no es ni claramente un caso de dejar de poner una coma donde es). Por esa razón he llegado a sobreestimar la posibilidad de cometer el error ortográfico consistente en poner comas donde no son y he terminado cometiendo el error de no poner comas donde son. Este último error no me da tanta putería como el primero, pero es de todas maneras un error. A mí no me da vergüenza en admitir “Mirá, un error de ortografía, se me olvidó poner ahí una coma”. Pero sí hay mucha gente, sobre todo la que le corrige la ortografía a los demás, a la que no solamente le da putería que otros cometan un error ortográfico, sino que esos mismos otros en ocasiones les señalen sus propios errores cuando los cometen. En fin, todo esto para decir a mí casi siempre que me da putería ver eso. Y que me trago casi siempre toda esa rabia ortográfica. Que casi nunca la expreso, que es una úlcera interna que se hace más grande cada vez que alguien pone una coma donde no es y yo me quedo callado.

85

También se murió Leonard Cohen. Ahora solo falta que este mismo año, más tarde, se muera Bob Dylan y quedamos listos. Nos conectamos tanto con los que escriben cosas que nos gustan que llegamos a sentir que eran nuestros amigos, y nos duele que se mueran. A otros les pasa con los políticos de su barrio, a otros con los futbolistas, a otros con los personajes de las telenovelas, a otros con los cantantes: parece que, en un sentido u otro, algún elemento del mundo hace que nos conectemos con completos desconocidos y los llamemos ‘amigos’ o ‘hermanos’ y se nos alegre el día cuando hacen algo bacano y se nos dañe cuando les pasa algo malo o se mueren. No sé si haya gente allá afuera sin conexiones profundas con completos desconocidos.

82-84

A veces veo un payaso en la estación del bus en la que me monto. El payaso se mantiene hambriento y somnoliento. Se le ve en la cara. Una vez lo vi durmiendo en una escalara desafiando el dolor de cuello posible. Otra vez lo vi comiendo una cosa amarilla nauseabunda que sacaba de un tarro plástico. El payaso nunca me ha mirado. Cuando me mire, se va a dar cuenta de que siempre lo estoy mirando de vuelta.

80-81

Es irónico que la democracia se base en la idea de que todos sabemos lo que es mejor para nosotros y que eso se materialice en un acto en el cual se vota para que alguien tome un montón de decisiones importantes por nosotros. Esa ironía se combate con la acción, sobre todo cuando no estamos de acuerdo con las decisiones que se toman en las urnas. Para bien y para mal, la democracia permite el rango de acción entre decisiones que no nos gustan y aspiraciones a mejores decisiones. La Ley no nos dice qué hacer. Esto por dos razones: primero porque La Ley solo es un marco normativo, pero no es un plan de acción; establece incentivos y sanciones, pero entre el deseo de obtener un incentivo y evitar una sanción todavía se puede hacer mucho; segundo porque La Ley la trata de hacer cumplir una cosa que se llama La Policía, que interpreta como mejor le parece qué es y qué no es una infracción.

En An American Tragedy, David Remnick cita en este mismo sentido el ensayo Freedom of the Park de George Orwell:

La ley no es ninguna protección. Los Gobiernos hacen leyes, pero si se cumplen o no, y cómo se comporte la policía, depende del pulso general del país. Si grandes números de personas están interesadas en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión incluso si la ley lo prohíbe; si la opinión pública es indolente, las minorías inconvenientes serán enjuiciadas incluso si existen leyes que las protejan.

Es miedosa la cantidad de poder que de hecho tiene La Opinión Pública.