La asimetría de la bondad

Una asimetría poderosísima es la que menciona Vollmann en una entrevista que le hacen. Parafraseando, dice algo así como que le sorprende tan difícil que es ayudar a las personas en comparación con tan fácil que es dañarlas. Añadiría que también es sorprendente que en principio parezca obvio que eso sea cierto, o al menos plausible. Si uno tiene en cuenta que cierta noción circundante de bondad cuenta entre sus rasgos que ella es una acción, se hace casi insalvable el desafío ante la intención de ayudar, y tentadora la idea de la intrínseca bondad de la mera contemplación. Suponiendo plausible esa asimetría, hay una muy alta probabilidad de dañar a quien uno tiene la intención de ayudar. Y no dañar parece fácil: déjelo quieto y ya. No sé qué tan conveniente sea en el plano de lo público creer en esta asimetría (los funcionarios se eligen y se contratan para que actúen y parece imposible diseñar una política pública esencialmente pasiva). En lo privado sí parece menos incoherente pensar que dejando las cosas quietas hay más probabilidad de no terminar dañando al otro, que actuar y decir es más un riesgo que otra cosa. Una complicación adicional a la idea de esa asimetría de la bondad es que una persona particular casi nunca es un nodo que actúa sin padecer en la maraña de las causas y los efectos, y que muchas cosas que cuentan como acto para esa persona son respuestas a algo que le pasó. Una mera variación del tema que hay bajo la frase esa que afirma que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno y sobre lo difícil que resulta quedarse quieto (Watt).

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“El que baje ese plátano de allá”

Muy a las 7, esta mañana estaba montado en mi bicicleta para ir a dar una vuelta recreativo-deportiva. Recorrí junto a un amigo una de las rutas más corrientes en Pereira, hacia el corregimiento de La Florida, donde se siembra más que todo cebolla larga y cilantro, y donde hay un montón de galpones. Entre unos y otros proyectos agroindustriales, la gallinaza fertilizante y  la sangre caliente de los pollos, se crían un montón de mosquitos que pasan del mero fastidiar al visitante ocasional como yo a la seria queja de los dueños de restaurantes y a los residentes.

A La Florida hay que subir, claro está, y la vuelta al Pereira urbano es lo que llamaré acá ‘la bajada’. En la bajada, paramos a saludar a alguien y me comencé a fijar en dos trabajadores que se dedicaban a construir unas huellas de cemento para facilitar el acceso de los carros a un nuevo negocio turístico tipo picnic. Uno de los trabajadores, cansado, en un movimiento ya cliché en la historia laboral de El Mundo, paró de hacer lo que quiera que estuviera haciendo con el cemento, levantó la cabeza, se quitó la gorra y con el lomo de la misma mano que sostenía la gorra barrió el sudor de la frente. Comenzó a mirar para arriba.

La Bananera se llama ese sector de la bajada, que está configurado por una sierrita a mano izquierda, unos potreros más para acá, la carretera pavimentada para ciclistas y carros, que es donde estoy yo, a mano ya derecha el citado sector donde se ubican fincas y negocios, el río Otún que baja hacia Pereira y finalmente otra sierrita, la de la derecha. Como quien dice, hablo desde ese vallecito chiquito del Otún, mirando al trabajador mirar para arriba. El trabajador miraba hacia esa empinada sierrita de mano izquierda, donde hay unos platanales. En ese sector de la montaña, que sirve de soporte a otro corregimiento llamado La Bella, mirando para arriba, uno puede ver unos sembradíos mixtos de plátano y café, sin un orden muy distinguible a simple vista. Así, refiriéndose a esos platanales como ‘ese plátano’, el trabajador, después de secarse el sudor, como quien no conoce o como quien habla en su rapto contemplativo, va diciendo dizque: “El que baje ese plátano de allá se gana mi respeto”. Ese descanso también rindió para la empatía.

Los racimos de plátano son una cosa muy pesada. Cabe explicar que, por lo empinado de la sierra aquella, el que baje ese plátano de allá tiene que bajarlo al hombro, haciendo fuerza para no rodarse, y luego también terminarlo de bajar a Pereira en carro para venderlo. Como es costumbre, no hay moraleja en la historia.

La última abuela

La última abuela se llamaba Magdalena. Estrictamente hablando, no era la última abuela, sino mi última abuela. Pero digo la última abuela porque, con ella, la categoría abuela murió para mí. Este año en junio harán cuatro desde aquello.

Nacida en Casabianca, Tolima, el 20 de noviembre de 1920, la última abuela saltó de la inexistencia a la adultez antes de la explosión de la bomba atómica. Como era costumbre en esas generaciones, se casó y tuvo muchos hijos comenzando desde muy temprano en su vida y terminando muy tarde. Salió del Tolima en dirección sur, se casó con un cortador de caña del Valle del Cauca, tuvo a la mayor parte de sus hijos en Filandia, Quindío, donde el cortador se hizo sastre, peluquero y ciclista, y terminó por establecerse en Pereira, donde accedieron (ella y su ya numerosa familia) a una casa que hizo parte del programa de urbanización Alianza para el progreso, donde terminó de tener a su familia.

No existía nada más en las tardes de parqués, chocolate de ojo con pan mantequilludo y misa de seis. Católica hasta el último día como son católicas las abuelas paisas que sabían sacarle espuma a un chocolate negro, la última abuela tenía el orgullo de una descendencia que fue su obra, que emigró toda a buscar mejor suerte en Estados Unidos, que la cuidó hasta el último día. Una vez, sin dramatismos ella, hiperbólico yo, una mano suya me levantó de un solo pie, me mantuvo suspendido en el aire y la uña larga de su dedo índice de la otra mano me salvó la vida, pues desenterró una espina de pescado que me impedía en un todo respirar. Un ataque cerebral en 2007 la obligó en lo sucesivo a dar brazadas para acceder a la alguna vez familiar realidad. Alternativamente, hasta el día de la inmersión definitiva, sus sentidos le permitían salir a la superficie e inhalar lo justo para mantener algún contacto. Muchas veces de esos últimos años la recuerdo, llanto y desconsuelo, preguntándole a Dios por qué todavía no, qué más necesitaba de ella acá.

Un viento hasta sano hincha las banderas y luego las desgonza en la Plaza Ciudad Victoria, y alguna gente, como casi todos los días, va o vuelve, y los carros se acumulan en esa línea de allá. El azar de los huecos de las construcciones ilumina con el último sol algunas partes de algunos objetos y la mayoría de los techos de la ciudad. Es un truco. Creo que hoy todo es normal. Pero la memoria lo desbarata. La realidad es que la última abuela se llevó su idea particular de cómo encajar la devoción católica con el cuidado del cuerpo. Me contaba que sus cuñadas (las hermanas del abuelo) le criticaban el uso de cosméticos por incompatible con sus creencias religiosas. Su triunfo filosófico fue lograr hacer encajar las dos cosas y ser hermosa en un sentido que daba de qué hablar a las demás mujeres de su generación. En algún momento hace casi exactamente cuatro años, digamos mayo de 2015, visité la última Pereira que para mí incluía la última abuela. Su cara y sus manos cubiertas de esa película delgada y viva de piel apretaron por última vez mi cabeza. Otra moneda para la alcancía de hitos personales que desnormalizan esto que de otra forma sería un truco.

Preapocalipsis

La noche de Halloween en Pereira se sintió como un ensayo previo del Apocalipsis. Algunos más aterrizados lo llamarán «vandalismo» o «asonada» pero, para efectos prácticos, a lo que pasó lo llamaré acá «preapocalipsis». Una combinación de fuerzas sociales y de aspiraciones colonialistas salió a las calles a practicar algo que esperan que pase, ya sea porque es inevitable o porque ellos así lo desean para su futuro. En palabras de ellos, adolescentes uniformados e informados de la última tendencia de la narrativa multimedial, una purga ritual anual ha de tener lugar para equilibrar las fuerzas del mundo, para que sobreviva el más habilidoso y para que el bienestar genético de las futuras generaciones esté garantizado por medio de la eliminación de la posibilidad reproductiva de los que caigan.

Primero fueron los disfraces para ocultar convenientemente su identidad y poder ejercer tranquilamente su derecho al caos. Después, algunos acercamientos iniciales al daño lanzando huevos y, más tarde, papas para que el golpe al enemigo simulado fuera aumentando su contundencia. La última progresión fue usar piedras y hacer daño a los comerciantes, que llamaron a la policía, que organizó al Esmad, que se apareció con bombas de aturdimiento y bolillos para aleccionar a los niñitos para que vayan sabiendo lo que es la fuerza de verdad.

Algún día, se me ocurre, todo esto dejará de ser un ensayo. Cuando crezcan, dejarán de utilizar huevos como primera medida y llevarán de una vez fierros y machetes. Acabarán hasta con el nido de la perra en este día ritual de desahogo y desorden, y quizá, quien quita, harán de este estado salvaje la nueva normalidad hasta que esta toque también fondo. Algunos más perezosos tendremos que abandonar nuestras casas y nos replegaremos a los bosques, seremos castigados con la obligación de ser nómadas y miraremos desde lejos cuánto se demoran en llegar al cansancio. Para nosotros, esa negación es la purga ritual cotidiana contra la que ellos tienen derecho a rebelarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

Reloj

Hace unos cuatro meses mal contados que me compré un reloj. Por razones de cláusulas de confidencialidad no puedo revelar en qué trabajo, pero el caso es que trabajo en un sitio en el que uno no puede entrar teléfonos inteligentes (y, por cierto, ni papeles ni monedas ni billetes ni paquetes opacos de papas cerrados [traslucidos sí, cerrados y abiertos, y opacos abiertos también] ni dispositivos de almacenamiento de información digital tales como discos duros portátiles o memorias USB). Antes de entrar a trabajar en este sitio, utilizaba mi teléfono inteligente para saber la hora, que a veces es un dato conveniente de saber sobre todo cuando uno se intenta poner de acuerdo con otras personas acerca de horas de encuentro y además uno tiene la intención de ser fiel a los acuerdos establecidos previamente. Utilizaba mi teléfono inteligente para consultar la hora y en ocasiones consultaba la hora mirando un reloj público, en una pared o en un aviso, o uno privado a plena vista que nadie se preocupaba por ocultar deliberadamente.

El caso es que al momento de entrar a trabajar a este sitio me fueron dadas las advertencias y enumeradas las posibles sanciones. Una persona «de seguridad» nos escanea concienzudamente antes de entrar al sitio de trabajo de modo que sea verificado que nada no autorizado es portado por los empleados. El sitio de trabajo no tiene relojes análogos ni digitales públicamente accesibles, pegados en la pared o colgados del techo, así que quien quiera saber la hora tiene que mirar la esquina inferior derecha de su computador asignado. En las etapas iniciales del trabajo, en el período de prueba, no nos era dado acceso a un computador, por lo cual era prácticamente imposible saber la hora. Dentro de las cosas permitidas para entrar al sitio de trabajo se encuentran los relojes (también los termos de café, siempre y cuando no lleven trago adentro), los análogos tanto como los digitales sin capacidad de almacenamiento de información, por lo cual era virtualmente posible saber la hora si uno se la preguntaba a un compañero o compañera de trabajo. Antes de hacerme a la confianza de un par de personas, digamos unas cuatro semanas, sin acceso a computador, era, por eso digo, prácticamente imposible saber la hora. Eso causó una especie de ansiedad de saber la hora que hasta entonces nunca había sentido simplemente por el hecho de que daba por sentada la posibilidad sin límites de agarrar mi teléfono inteligente, hundir un botón y saber ahí mismito la hora.

De modo que hice lo siguiente. Entré a un sitio web de compras de cosas y busqué un reloj barato, uno digital, esperé a que llegara, cuando llegó me lo puse en la muñeca izquierda, vi que era bueno e ingresé el reloj en el inventario mental de cosas que poseo. Ahora soy dueño de un reloj que compré (antes era dueño de unos relojes que me habían regalado) y, a pesar de que tengo acceso al computador y consecuentemente puedo ver la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla de mi computador asignado (uno diferente casi cada día), adquirí la costumbre de, antes de salir al trabajo, después de meterme la billetera en el bolsillo derecho y el celular en el bolsillo izquierdo, ponerme el reloj en la muñeca izquierda y quitármelo al llegar al sitio de trabajo para, cuando tenga la ansiedad de saber la hora, voltear la mirada y encontrar ahí el registro del tiempo que pasa, que pierdo, mientras hundo los dedos en las teclas de El Sistema a cambio de plata.

Magistral, por Rubén Martín Giráldez

Sobre este libro hay para decir lo siguiente: confusión, recursividad y argumentos. Y que me gustó como un putas.

[Nota liminar: Magistral es el libro que yo leí , mientras que «Magistral» es el libro del que habla el narrador de Magistral. Por claridad, evitaré el uso del adjetivo «magistral» a lo largo de este comentario, por más que sea apropiado en algún punto]

Confusión: Magistral lo narra alguien que tiene la pretensión de entablar una conversación con uno mientras comenta «Magistral». Si uno le responde al narrador, es posible que esa conversación se entable en cada página, casi que en cada línea, recurso por el cual el libro se vuelve inagotable. Sin embargo, hay un trasfondo narrativo (¿novelesco?) que mantiene en suspenso la figura del narrador como una figura provisional que eventualmente daría paso a algún tipo de acción en algún tipo de espacio que transcurra durante un determinado tiempo. Hasta la última página estuve esperando que la historia comenzara. Esto genera una cierta confusión saludable que obliga al lector a traer piezas de aquí y de allá para intentar darle el contenido narrativo a ese trasfondo. Confusión, por cierto, entre si lo que se tiene en las manos es o no una narración. En la última página la confusión se resuelve y obviamente no me voy a poner acá  de malcriado a decir cómo. Hipótesis: en el futuro distópico de cualquier distopía totalitarista gestionada por la Real Academia, el comentarista de «Magistral» se dirige a un tribunal de censura.

Recursividad: hay un montón de recursos literarios desplegados a lo largo de las poco más de 99 páginas del libro que tiene 100 páginas. Destaco el uso de la ya mencionada falta de claridad argumental que, hasta cierto punto muy determinado, permite dudar razonablemente si lo que se tiene entre las manos es un opúsculo de crítica literaria o una novela. También aparecen: juegos de palabras; arquetipos como el heraldo, el Watson, el corruptor; el juego de diagramación/ maquetación; el acertijo de entretención; el callejón sin salida; la exasperación al lector por medio de los continuados insultos; la autorreferencialidad crítica; la palmada en el culo al sinsentido. En un punto de la novela, aparece una referencia a Notable American Women, por Ben Marcus. Al principio, creí que se trataba de una pseudo recensión acompañada de una pseudotraducción acompañada de una pseudocrítica muy al estilo de Borges lo del zoilo ficcional encarnado por Lem en Vacío perfecto, pero luego me di cuenta de que el libro de Marcus realmente existe en un sentido muy similar al sentido en el que existen en Magistral las páginas que reproducen páginas de Notable American Women. El ejercicio es un ejercicio de admiración a Marcus en intersección con las críticas al idioma español y a la literatura española, pero los detalles de esta referencia se me escapan. Eso sí, quedé con ganas de leer el libro de Marcus.

Argumentos: corresponde a cada lector distinguir qué argumentos merecen atención y cuáles son berridos de niño malcriado que hay que dejar apagar, pero el caso es que Magistral está compuesto casi en su totalidad por un alegato en contra de la cultura /industria editorial española y de Los Lectores, sea lo que sea que eso quiera decir. Un ejemplar en la página 97:

Los amanuenses confundís con inspiración la psicosis-despertador que os inoculamos. Cuando dictamos, dictamos, y es fácil, todo son facilidades, todo va rodado, hasta parece que tengáis talento; cuando cuesta, es que no estamos dictando: no hay equivocación posible: si lo que viertes ahora es una combinación perdedora, no lo dudes más: no estamos dictando: lo que tú interpretas como baja inspiración es bloqueo, es voz digestiva y auténtico regüeldo. Pom-pom. ¿Quién es? Soy la leche retirada de tus pechos. Tú mismo te estás diciendo: Para, déjalo, pon a salvo tu dignidad. Si no te escuchas a ti mismo, dime, ¿de qué te sirves? El púlpito del bloqueo, la sentenciosidad y el aforismo son, son, son: síntomas, todo síntomas de que no eres un genio. No sirves. Si estás leyendo esto no sirves, porque para servir deberías haberlo escrito tú, como mínimo, y así al menos servirías en alguna de las acepciones del verbo. Serías chambelán, comercial, fruslero, remedista, caravanero, vendedor ambulante, mercader, vigía de algo, barquero, conector, alabanza, alzacuellos, madrigal; pero no escribes: lees. Repite: No sirvo sino a quien leo.

Se me hace que toda esta pirueta del comentario a «Magistral» que me encuentro en Magistral no es otra cosa que la forma que Martín Giráldez tiene para decirnos: «Y eso que apenas estoy calentando, gonorreas».

Pedro Páramo, por Juan Rulfo

Relectura, o algo por el estilo. Un sistema inframundano de voces alcanza al visitante de un pueblo fantasma. Al advertirlo, el visitante muere quizá del susto o quizá del anhelo de alcanzar ese inframundo aparentemente apacible en el que se vuelve una y otra vez sobre los recuerdos. La escritura de Juan Rulfo lo envuelve a uno en atmósfera de infierno en blanco y negro en el que los fantasmas parecen habitar, pausadamente, reproduciendo ecos de recuerdos, devolviéndolos, repasándolos, modificándolos. Sería una novela de terror si no fuera porque es una novela de amor, a fin de cuentas.

Implicaciones de una fuga psíquica, por Gonzalo España

Salomón Ventura es un fiscal en la ciudad petrolera de Alcandora, la contraparte ficcional creada por Gonzalo España de Barrancabermeja. Luego de ser víctima de unas puñaladas que casi lo pasan al otro lado del río, Ventura comienza a tener pensamientos y comportamientos extraños, pensamientos y comportamientos que su esposa identifica con una fuga psíquica. El intento de resolver su situación personal es, al tiempo, el intento de resolver un crimen particularmente sangriento en el contexto ya criminal y sangriento de Alcandora. El inicio es algo flojo, pero el suspense me agarró cerca de la mitad del libro.

No tengo claro el orden de publicación de las novelas de crimen de Gonzalo España, así que no sé si se trata de la primera aparición de Salomón Ventura. En cualquier caso, quizá asistamos a la caracterización y a las cuitas de nuestro Maigret colombiano o nuestra versión colombiana de Blomkvist, guardando las proporciones. Quizá en contra de esta analogía esté el detalle técnico-jurídico sin importancia de que Salomón Ventura no es detective, sino fiscal; el detective sería en este caso el inspector Mondragón. Si el inspector Mondragón cumpliera un rol claro de narrador o asistente de Ventura, podría ser incluso nuestra versión colombiana de la estructura Holmes-Watson. En Implicaciones de una fuga psíquica el rol del inspector Mondragón es demasiado accesorio para llegar a esta conclusión. Una característica importante de esta historia es la resolución paralela del misterio y de la fuga psíquica que aqueja a Ventura: la resolución del crimen resulta en últimas transformadora, terapéutica, existencial. Salomón Ventura no resuelve el crimen mientras simultáneamente resuelve sus perturbaciones psíquicas, sino que la resolución del crimen es causa de la resolución de lo otro.

Muy en contra del libro está que se le nota la falta de cuidado editorial en las numerosas erratas.

Aclaración

Por las numerosas cartas de lectores, me he dado cuenta de que el reciente impulso que he tenido de escribir reseñas de libros de ficción ha dado lugar a un fenómeno masivo de lectura de esos libros tomando como punto de referencia mis opiniones sobre ellos. Antes de que los lectores de este, su blog, continúen con esa práctica demente, y antes por lo tanto de seguir con los comentarios a las últimas novelas (¿o novellas?) negras que leí hace días, quisiera aclarar que no tengo estudios científicos sobre asuntos de ficción literaria, ni mucho menos sobre crítica y suficiencia estética, como para que se me considere una autoridad en la materia. Mi guía en este asunto es la misma que en los asuntos relativos al mondongo y a las tajadas de plátano maduro con quesito: o no me gusta o me gusta (lamento decepcionar a todos los que leían este blog con la convicción de que me gustaba el mondongo). Esto no quiere decir tampoco que mi sentir al leer literatura de ficción sea inefable y que no tenga algo así como un listado de razones que me respaldan para opinar lo que opino y que no considere que en cierto sentido que merece cuidadoso examen hay cierta objetividad en el recurso de yuxtaponer las opiniones a los pasajes de las obras literarias que causan en uno esas opiniones. Por supuesto que considero que la evidencia textual es clave en las discusiones sobre los sentidos de las obras de ficción y que es más o menos una tontería creer que es imposible el diálogo constructivo solo por el hecho de que las obras literarias provocan sentimientos distintos en cada una de las personas que las aprecian contemplativamente. Con todo y esto, pienso que en último término cada persona debe buscar su camino en la lectura de ficción y no fiarse por las opiniones de algún otro, por más parecido a sí mismo que lo considere o por más fiabilidad que considere que tienen sus creencias sobre lo que lee. En lugar de intentar imaginar esta seguidilla de comentarios a libros de ficción como algo que quiere influir en quienes lo leen, quiero que lo piensen como cuando están comiendo con alguien y comentan o bien elogiosa o bien vituperablemente diciendo: “tan bueno [o tan maluco] que está esto, ¿cierto?”. Ya sé que el lector está pensando: “¿Y tanto preámbulo para decir semejante bobada?” Y sí.

Saide, por Octavio Escobar Giraldo

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No me mató, pero me mantuvo hasta el final. Las escenas casi siempre están descritas en correspondencia con la meteorología del lugar en el que están los personajes. Así, casi toda la novela se desarrolla en un clima emocional caluroso, pesado, húmedo, pegajoso y malsano, que coincide con el clima de Buenaventura. La historia comienza con un viaje entre Buenaventura y Juanchaco en el cual el narrador (que no se sabe cómo se llama), junto con el doctor Díaz-Plata, recuerda cómo fueron las circunstancias en las que conoció a Saide, esa una muchacha hermosísima de ascendencia libanesa. La biografía del narrador y la de Saide se cruzan en Buenaventura por causa de la violencia. En el caso del narrador, una puñalada lo manda de Bogotá a Buenaventura; en el caso de Saide, un tiro la manda de Aguasblancas a Buenaventura. El narrador, en diálogo con Díaz-Plata, que aprendemos que es el esposo vejete de Saide, va descubriendo (¿sin resolverlo?) el misterio de la muerte de Saide durante el viaje a Juanchaco, cuyo resultado es un tremendo guayabo.

 

El libro aguanta una relectura para averiguar cómo las descripciones de la violencia dependen de quién las haga, cómo las causas se revelan u ocultan a conveniencia de quién hable, cómo para un narrador la violencia es un fenómeno social con actores identificables y cómo para otro es un fenómeno natural cuasi primitivo de causas inescrutables.

Leo que Saide fue publicada por primera vez en 1995 y que obtuvo ese mismo año el Premio Crónica Negra Colombiana. Mi edición es una de Editorial Periférica de 2007, que editó otro libro de Escobar con una historia al parecer relacionada con Saide, libro que no he conseguido todavía. Con este libro comenzó una pequeña incursión mía en el así llamado ‘género negro’ colombiano. Próximas entradas sobre esto. También comenzó un pequeño romance no acabado que espero continuar este año.